Hablar de ciertos temas de salud con nuestros mayores requiere, a menudo, derribar muros invisibles que llevan décadas construidos. El «suelo pélvico» es uno de esos conceptos que, para la generación de mi abuela, siempre ha estado envuelto en un velo de pudor y resignación. «Son cosas de la edad», me repetía ella para justificar esas incomodidades físicas que, poco a poco, le iban robando calidad de vida y seguridad en sí misma. Pero envejecer no tiene por qué ser sinónimo de malestar. Así que, tras mucha insistencia, tacto y cariño, logré convencerla para pedir cita con un especialista del suelo pélvico Pontevedra.
El trayecto en coche hasta allí fue más silencioso de lo habitual. Salir de su zona de confort siempre le genera cierta inquietud, más aún cuando el motivo de la salida implica exponer una vulnerabilidad que ha guardado en secreto durante años. Al llegar, la ciudad nos recibió con esa amabilidad tan suya. Dejamos el coche y fuimos paseando despacio por la zona peatonal. Pontevedra, con sus calles llanas y libres de tráfico, es un entorno perfecto para caminar al ritmo pausado que ella necesita. A pesar del entorno agradable, yo la notaba tensa; enfrentarse a lo desconocido y hablar de su intimidad a sus más de ochenta años impone un respeto tremendo.
Al cruzar la puerta de la clínica, el ambiente cálido ayudó a rebajar la tensión. No era el típico entorno médico, aséptico y frío, sino un espacio diseñado para transmitir confianza. En la sala de espera, me senté a su lado. Quería transmitirle sin palabras que no había ningún motivo para la vergüenza. Miles de mujeres pasan exactamente por lo mismo, ya sea como secuela de los partos de hace medio siglo o simplemente por la pérdida de tono muscular que acompaña al paso del tiempo.
Cuando la fisioterapeuta especializada pronunció su nombre y pasamos a la consulta, el trato fue excepcional: cercano, sumamente pedagógico y profundamente empático. Me quedé en la sala de espera durante la valoración física, hojeando una revista sin prestarle verdadera atención, con el pensamiento puesto al otro lado de la puerta.
Cuando mi abuela salió, la expresión de su rostro era otra. Había soltado un peso enorme. La especialista le había explicado, con palabras sencillas y mucho tacto, que su musculatura aún podía rehabilitarse, que existían ejercicios adaptados a ella y que su problema tenía solución. No era un «mal inevitable» que tuviera que sufrir en silencio.
El viaje de vuelta tuvo una banda sonora muy distinta. Había un alivio palpable en el ambiente. Mi abuela volvía a casa con unas pautas claras, unos deberes en forma de ejercicios suaves y, lo más importante, con la dignidad intacta y una esperanza renovada. A veces, el mayor acto de amor que podemos tener con nuestros mayores no es solo hacerles compañía, sino darles el empujón necesario para que recuperen el control de su bienestar y pierdan el miedo a pedir ayuda.