Hay comidas que se quedan grabadas en la memoria no solo por el sabor, sino por todo lo que las rodea: el lugar, la compañía, la sensación de estar disfrutando de algo verdaderamente especial. Eso es exactamente lo que me ocurrió hace un tiempo durante una escapada a Sanxenxo. Paseando por su animado puerto deportivo, con el sol brillando y el olor a salitre en el aire, decidí que era el día perfecto para darme un homenaje gastronómico, uno de esos que solo se permiten en ocasiones contadas o cuando el cuerpo pide celebrar la vida. Mi objetivo estaba claro: quería disfrutar de uno de los reyes del marisco gallego, un bogavante azul.
La expectación ya era alta mientras esperaba en la terraza de un restaurante con vistas a los barcos. El bogavante azul tiene esa fama de manjar exquisito, un producto premium de nuestras rías que promete una experiencia intensa. Cuando finalmente el plato llegó a la mesa, confirmó todas las expectativas visuales. Me lo sirvieron preparado de la forma más sencilla y, para mí, una de las más respetuosas con el producto: abierto por la mitad y hecho a la plancha, con un ligero sofrito de ajo y aceite de oliva virgen extra chisporroteando suavemente sobre su carne. El caparazón había adquirido ese color rojo vibrante tan característico tras la cocción, contrastando con la blancura nacarada y apetecible de la carne que asomaba. El aroma marino y ligeramente tostado era irresistible.
El ritual de comerlo fue un placer en sí mismo. Equipado con las tenazas adecuadas, comencé por las pinzas. Romper la dura cáscara y extraer ese bocado compacto, firme pero increíblemente tierno y jugoso, fue el primer deleite. El sabor era puro mar, limpio, con un dulzor elegante y persistente que llenaba la boca. Continué con la cola, cuya carne se desprendía fácilmente, ofreciendo la misma textura exquisita y ese sabor inconfundible que solo tiene el marisco de altísima calidad. Incluso rebañar los jugos y corales de la cabeza fue parte indispensable de la experiencia.
Para acompañar semejante protagonista, nada de artificios. Unos sencillos cachelos (patatas gallegas cocidas) y un buen trozo de pan artesano para no dejar ni rastro de los jugos de la plancha fueron más que suficientes. Y, cómo no, maridando este festín, una copa de Albariño Rías Baixas bien frío, cuyo frescor y notas frutales complementaban a la perfección la riqueza del bogavante. Comer así, sintiendo la brisa marina y escuchando el murmullo del puerto de Sanxenxo, elevó la experiencia a otro nivel.
Fue, sin duda, una comida memorable. Disfrutar de un bogavante azul en Sanxenxo fresco, preparado con maestría, es una de esas experiencias gastronómicas gallegas que te reconcilian con los placeres sencillos y auténticos. Un lujo para el paladar y un recuerdo imborrable de sabor, textura y felicidad costera.