Llevo ya quince años trabajando y mis espacios de laboreo, como yo digo a veces, han cambiado mucho. El grueso de mi trabajo ha sido y es de tipo oficina, así que ya tengo un poco de experiencia a la hora de buscar un espacio agradable para pasar largas horas y horas sentado. Pero no siempre ha sido sencillo.

Como fan acérrimo de la luz natural, he tenido que lidiar con todo tipo de inhóspitos lugares. Durante un año trabajé en una oficina que estaba en el subsuelo con unas ventanas un poco ridículas desde las que, con suerte, podías ver la suela de los zapatos de los viandantes. Lo curioso es que aquellas ventanas tenían estores de madera cuyo sentido, a día de hoy, sigue siendo un misterio para mí, ya que no protegían de la luz ni daban intimidad… nadie se tiraba al suelo para mirar como trabajábamos.

A pesar de todo, le tengo cariño a aquella oficina del subsuelo porque todavía trabajé en sitios peores. Durante una época en la que laboré en casa me vi arrinconado a la cocina. La casa en sí ya era un despropósito y además tuve que montar mi ‘oficina’ en una mini mesa que había en lo que llamábamos cocina, aunque más bien eran salón-cocina. Y allí estuve una buena temporada.

Con todo, en esta última época he decidido montarme una oficina un poco más elegante aunque con algunos homenajes a mi pasado. De la oficina infernal he tomado los estores de madera. Siempre me gustaron por su calidez y ahora sí que hacen un verdadero servicio graduando la entrada de luz y dándome algo de intimidad. Y de la ‘ofi-cocina’ me he quedado con la mesa, que ahora uso de mesa auxiliar para apoyar libros y documentos.

No es que mi despacho actual sea la gloria, pero al menos veo la luz del sol y no tengo que dejar de trabajar si alguien quiere cocinar algo o preparase el café. Eso sí, para el futuro, cuando sea millonario, quiero un sofá de piel para echar cabezadas de vez en cuando…