Al pasear por las empedradas calles de la ciudad vieja, llama la atención la reciente proliferación de ramos de flores Día de la Madre en Santiago de Compostela, con opciones tan variadas que uno podría pasar horas dudando entre rosas, lirios y peonías. Basta cruzar la Plaza del Obradoiro para encontrarse con escaparates rebosantes de vida, color y aromas que compiten con el incienso de la catedral. Nadie esperaba encontrar tanta sofisticación en un rincón del Camino de Santiago, pero los floristas locales han decidido revolucionar la manera de homenajear a las madres, mezclando tradición gallega con toques de vanguardia y un profundo conocimiento del significado de cada botón.
En el ambiente, se percibe una sutil batalla de estilos. Algunas floristerías apuestan por la delicadeza: tallos finos, colores pastel y el sutil perfume de la lavanda. Otras, en cambio, elaboran composiciones más atrevidas, jugando con tonos vibrantes y follaje exótico que, pese a que no crece naturalmente en los huertos gallegos, ha encontrado un sorprendente aliado en los invernaderos de las afueras. Lo que no cambia es la idea de fondo: ofrecer un ramo que, más allá de la belleza, transmita emociones y construya recuerdos. Porque regalar flores es, al fin y al cabo, poner en manos de la sensibilidad una excusa para sonreír.
La inspiración puede llegar de lo más inesperado. Imagina un ramo formado por flores silvestres recogidas al amanecer en los montes de los alrededores o un arreglo que combine hortensias –la reina de los jardines gallegos– con toques de eucalipto y craspedias amarillas. Mientras lo envuelven en un papel reciclado con estampado artesanal, el cliente puede charlar con el florista sobre la estación en la que nació su madre, su color favorito o incluso la decoración de su salón. Ese diálogo pausado y cercano convierte la compra en una experiencia íntima: hay más complicidad en la elección de un simple lazo que en mil palabras bien hiladas.
El lenguaje oculto de las flores también desempeña su papel. Una rosa blanca habla de respeto y admiración; una gerbera fucsia, de alegría y optimismo; una peonía rosa, de romance y ternura. Presentar estos datos de forma amena y hasta un poco divertida –“si tu madre tiene más energía que un barco lleno de peregrinos, opta por las flores más explosivas; si, por el contrario, siempre ha sido de alma zen, elige tonos suaves y pocas ramas”– añade un ingrediente de complicidad que convierte la elección en algo personal. Y es que pocas cosas acercan tanto a un hijo o hija a su madre como la elección de un detalle cargado de intención.
Pero no todo se limita a la estética. Muchos floristas de Santiago de Compostela se han sumado a la tendencia ecofriendly, cultivando, recolectando y preparando sus ramos con criterios de sostenibilidad. Al elegir un ramo orgánico o de proximidad, se premia no solo el gusto, sino también el compromiso con el medio ambiente. Ese gesto resulta tan poético como demostrar que tan importante es el momento de la entrega como el proceso con el que cada tallo llegó a las manos del comprador. A la madre moderna, comprometida y preocupada por el entorno, le encantará saber que su regalo no genera huella innecesaria.
Si prefieres algo más innovador, los talleres de “haz tu propio ramo” han florecido (nunca mejor dicho) por toda la ciudad. Bajo la batuta de profesionales con mano de artista, se organizan encuentros donde, además de elegir y cortar cada flor, los participantes aprenden nociones de composición, armonía de colores y conservación. Es la opción ideal para quienes desean aportar una dosis extra de emoción: no solo se regala un ramo, sino también el recuerdo de haberlo creado con esfuerzo, risa y quizá alguna duda sobre el número exacto de tallos que garantizaría un equilibrio perfecto.
De cualquier forma, no hay que temer a los imprevistos. Muchos floristas ofrecen servicio de entrega a domicilio, respetando franjas horarias precisas para que la sorpresa llegue en el mejor momento. Otros permiten añadir pequeñas aportaciones, como bombones artesanos o notas escritas a mano, con ese humor ligero que siempre viene bien: “No te asustes si mamá descubre que su regalo huele mejor que tu colonia” o “Aviso: este ramo puede provocar lágrimas de emoción sin previo aviso”. Esa pizca de gracia, lejos de restar solemnidad, humaniza la entrega y convierte la mañana del Día de la Madre en una experiencia memorable.
Cada arreglo es una declaración de amor con plumas vegetales, esponjas florales y cintas de raso. Detrás, hay una historia que mezcla tradición compostelana y creatividad sin límites, la búsqueda de flores frescas traídas desde fincas cercanas y la maestría de manos que saben cómo despertar sonrisas. Así, al contemplar un ramo, la madre no solo disfruta del espectáculo cromático, sino también de la coreografía de dedicación que lo ha hecho posible. Y al niño o niña que lo encargó, le queda la satisfacción de haber acertado plenamente con un detalle que habla de afecto, belleza y un ingenioso sentido del humor.