Cuando mi hijo tiene que ir al dentista, siempre protesta, y entonces le tengo que tranquilizar y decirle que no pasa nada, que no le van a hacer daño y demás. O, si no, me tengo que inventar una historia sobre un superhéroe o alguien que le guste y meter un dentista por ahí. A veces funciona… a veces no. Pero todos sabemos que hay que ir al dentista, queramos o no, porque luego a la larga es peor. 

Lo que no le digo a mi hijo es que a mí también me cuesta ir al dentista. Y eso que he encontrado una Clinica dental en Vigo que se adapta muy bien a mis manías. Pero desde siempre me ha costado ir al dentista. Supongo que eso de tener la boca abierta ante un par de personas que te meten fríos instrumentos metálicos, además de babear un poquitín, o tener que hablar por gestos o de forma incomprensible… Todo eso junto supongo que provoca que no disfrute mucho yendo al dentista. Pero luego, si no vas, pasa lo que pasa.

Cuando la cosa se pone fea con mi hijo y se cierra en banda al dentista y ni siquiera sirven las historias de Batman yendo al dentista, entonces tengo que sacar la artillería pesada. Le cuento la historia real de cómo tuve que ponerme un implante por culpa de no ir al dentista cuando debía. En mi clínica dental en Vigo me habían advertido de que tenía una pequeña caries y que había que hacer un empaste. 

Fue en un momento un poco delicado, antes de que naciera mi hijo, en el que tenía un montón de cosas entre manos. Está claro que ir al dentista es apenas una hora, pero mi forma de ser es un poco rara y tengo que organizar las cosas… o desorganizarlas a mi manera. La cuestión es que fui dejando el dentista para más adelante, y ese ‘más adelante’ se convirtió en posponerlo indefinidamente.

Y entonces sí que llegaron problemas serios. Esa es la historia que le cuento a mi hijo, intentando evitar los momentos más delicados (como cuando te tienen que quitar la pieza dañada) pero es todo para que entienda que, aunque cueste, que a casi todos nos cuesta, hay que ir para evitar males mayores.