Lo tengo claro: esta es la última mudanza que hago. O sea, la penúltima… Llevo dos meses en mi piso nuevo y todavía hay cajas por las habitaciones, maletas llenas de ropa y bolsas que nadie sabe a ciencia cierta qué contienen. He hecho unas cuantas mudanzas a lo largo de mi vida, pero cada vez es un poco más difícil que la anterior, porque cada vez tenemos más cosas…
Recuerdo la primera vez que me mudé, cuando me independicé de la casa de mis padres. Creo que en una maleta cupieron todas mis pertenencias. Cuando me cambié de ciudad, la cosa se complicó bastante y así sucesivamente…
La diferencia entre esta última mudanza y las anteriores es que en esta he llegado a una casa grande y vacía. Lo decidimos nosotros, pero no sabíamos muy bien a lo que nos enfrentábamos. Al principio tiene su gracia mirar y buscar por internet muebles, colchones y somieres baratos, pero luego empiezas a darte cuenta de lo que te espera.
Llevo dos meses montando muebles. Me duele la espalda, tengo agujetas y lo peor de todo es que todavía no hemos terminado. Estoy empezando a desarrollar una extraña fijación con la casa. A pesar de que vamos avanzando, siempre veo cosas que se deben mejorar y me obsesiono. Me puedo pasar horas diseñando la mejor forma de que los cables de los aparatos del salón queden todos escondidos para que no se vean.
Uno de los problemas que nos encontramos con esta casa es que es de alquiler. Entonces tenemos una sensación agridulce cuando la llenamos de muebles y la decoramos: tarde o temprano, un día, tendremos que deshacer lo hecho e irnos…
Pero otros días a uno se le enciende una sonrisa cuando descubre que por fin el dormitorio está como habíamos soñado. Lo primero que hicimos fue buscar colchones y somieres baratos. Y después empezamos a pensar en la mejor forma de aprovechar su magnífico mirador. Es la primera zona de la casa que podemos dar por terminada. Si todo lo demás estuviera así… Pero en fin, me animo pensando que esta ha sido mi penúltima mudanza.