A veces pienso que mis padres me prepararon para que en el futuro viviera en Finlandia o Noruega. Y es que desde que tuve uso de razón nunca funcionó la calefacción. Teníamos una serie de calefactores anticuados que no funcionaban con lo cual usábamos radiadores móviles que íbamos moviendo según el lugar de la casa en la que estuviéramos. Pero no había radiadores para todos, así que solo te quedaba curtirte ante el invierno. A veces tenía la sensación de que en las paredes de mi habitación había hasta escarcha, tal era el frío que se podía llegar a sentir.

Lo de la caldera era otro tema interesante. Creo que nunca llegué a ducharme con agua realmente caliente en casa de mis padres. Todo lo más era templada. Y para que saliese el chorro de agua templada había que esperar pacientemente unos minutos. Recuerdo aprender a afeitarme con mi hermano con agua fría, porque el grifo del baño grande jamás encendía la caldera.

Un buen día, mi padre decidió llamar al Servicio tecnico reparación de calderas en Pontevedra. Yo creo que ya había concluido nuestra prueba de fuego: ya estábamos preparados para pasar una temporada a pecho descubierto en la Antártida. El técnico descubrió lo que todo el mundo ya sabía: “esta caldera ha agotado su vida útil, señor”. Entonces todos asentimos con la cabeza: “sí, la agotó ya hace años”. 

Así que mi padre decidió desempolvar su cuenta corriente y comprar una caldera nueva. La mala suerte para mí es que yo ya estaba a punto de irme de casa. Me hubiera venido bien ese cambio de caldera hubiera unos 25 años antes aproximadamente, así hubiese tenido el placer de ducharme con agua caliente en mi propia casa.

No obstante, tras el cambio de caldera, no tuve que venir en una temporada el Servicio técnico reparación de calderas en Pontevedra. Y era un placer volver a casa para probar las deliciosas recetas de mi madre, no sin antes lavarme las manos con agua caliente en el baño grande: mis curtidas manos de esquimal recibían con alegría ese chorro de agua a temperatura correcta. ¡Qué placer!