Recuerdo cuando en mi ciudad abrieron el primer gran centro comercial. Parece que hablo del Pleistoceno, pero no hace tanto tiempo ni las ciudades ni los extrarradios de las ciudades estaban plagadas de centros comerciales. Así que aquello fue para toda la ciudad una especie de gran evento. Y muchas familias íbamos de sábado a pasar la tarde en aquel lugar lleno de luz, ofertas y multitud de productos para comprar.

Como yo era un niño me fijaba en los juguetes y las consolas, pero recuerdo acompañar a mi padre al hipermercado donde estaban sus ‘juegos’ favoritos: los vinos. Siempre fue un gran aficionado al vino: bebía poco, pero de calidad. Era su principal afición. Y se podía quedar un montón de tiempo en la zona de vinos de aquel hipermercado que ya siendo niño entendía que debía ser el no va más para un aficionado.

Muchos años después soy yo el que, de vez en cuando, se deja caer por la zona de los vinos del mismo centro comercial que ya no es tan especial como antes, pero sigue siendo un buen lugar para pasar una tarde de sábado. Y entonces miro y remiro las botellas. Aquí está condes de albarei precio y ahí está aquel otro albariño que tanto le gustaba a mi padre. Al final, yo he heredado su afición y también me gusta tener una buena colección de vinos en mi improvisada bodega en casa. 

De hecho, y quizás como les pasará a otros aficionados a los vinos, a veces los compro y tan solo admiro las botellas. Miro el condes de albarei precio, reviso la etiqueta, paso mi mano por la botella y la vuelvo a dejar en la bodega. Son casi como tesoros que a veces da como reparo abrir, pensando lo efímero del placer de un buen vino. Pero, otras veces, pues hay que descorchar una botella, ¿no? Sobre todo en momentos especiales recordando tal vez a seres queridos que no están, es momento de abrir una buena botella de vino y brindar por el sabor de la vida.