La estampa en la playa de Rodas, en un día como hoy de finales de julio, es una trampa perfecta. Es, posiblemente, una de las imágenes más bellas que uno puede presenciar. La arena es blanca y fina, casi como harina; el sol pica con la fuerza del verano gallego y el agua luce un color turquesa tan intenso y cristalino que parece sacado de una postal del Caribe. Todo tu ser, acalorado tras la caminata desde el muelle, te grita que corras y te zambullas en ese paraíso líquido. Pero esta imagen idílica, casi irreal, esconde el secreto mejor guardado y a la vez más conocido por todos los vigueses: la temperatura del agua en las islas cíes es mucho más baja de lo que nos gustaría.
El ritual es siempre el mismo, una tragicomedia que se repite cada verano en esta orilla. Observas a los valientes que ya están dentro, la mayoría con el agua por las rodillas y una expresión facial que mezcla el éxtasis con el puro sufrimiento. Te armas de valor. Dejas la toalla sobre la arena caliente y caminas con decisión hacia el agua, sintiéndote el protagonista de una película. Y entonces, el primer contacto. El agua te roza los dedos del pie y un calambre eléctrico te recorre toda la espina dorsal.
Comienza entonces el avance milimétrico, un acto de fe y pura cabezonería. Los tobillos, las rodillas, la cintura… cada centímetro ganado al mar es una pequeña victoria acompañada de un grito ahogado. Y cuando ya no puedes más, cuando la mitad de tu cuerpo ha perdido toda sensibilidad, llega el bautismo final: te lanzas de cabeza, un chapuzón rápido y agónico que te deja sin aliento.
Y mientras tiritas, te preguntas por qué. La respuesta tiene nombre: afloramiento. No es casualidad, es ciencia. Las corrientes empujan las aguas superficiales, más cálidas, mar adentro, permitiendo que agua de las profundidades del Atlántico, mucho más fría y rica en nutrientes, suba a la superficie. Esa agua helada, que convierte el baño en un acto heroico, es la misma que convierte a nuestra ría en uno de los ecosistemas marinos más ricos del planeta.
Tras el shock inicial, si aguantas, llega la recompensa. El cuerpo se acostumbra y una sensación de pureza y energía indescriptible te invade. Flotar en esa agua transparente, viendo el cielo azul y sintiendo el sol en la cara, es una experiencia revitalizante. Eso sí, la felicidad dura poco. Pronto, el frío vuelve a ganar la batalla y emprendes una carrera desesperada de vuelta a la bendita toalla, donde te envuelves como si acabases de cruzar el Ártico. Es el peaje que hay que pagar para disfrutar de este paraíso. Y como vigués, es un peaje que, al menos una vez al verano, pago con una mezcla de pavor y orgullo.