Son tiempos de cambio en mi casa. Cuando tienes un niño pequeño no se puede uno dormir en los laureles porque no paran de crecer y de cambiar. El otro día, mientras dormía, nos dimos cuenta de que cuando se escurría un poco bajo la almohada ya tocaba con los pies en el extremo de la cuna: es hora de ir pensando en cambiar la cuna por la cama.

Y aprovechando la coyuntura, mi mujer ha tomado las riendas para hacer unos cuantos cambios en la decoración de la habitación del niño y de algunas otras zonas de la casa. En la habitación del niño habíamos colocado antes de que él se mudará ahí (en los primeros meses la cuna estuvo en nuestro dormitorio) una cama nido por si venían familiares. Se suponía que era para que luego el niño la aprovechara. Pero ahora mi mujer no lo tiene tan claro.

Está enamorada de una cama para niños con dosel, como si fuera una especie de casita, que vio por internet. De hecho, me enseño como quedaría la habitación con una nueva decoración y un estor infantil que ella misma diseñaría. Lo veo un poco excesivo todo, sinceramente. Y lo veo excesivo por la causa que exponía más arriba: los niños cambian muy rápido y en unos años esa cama con dosel dejará de servirle.

De alguna forma, en mi casa yo adopto generalmente el papel de poli malo y mi mujer de poli buena. A la hora de hacer gastos con respecto al niño, yo soy el encargado de contener un poco. Pero, en realidad, es un poco un papel porque no soy nada tacaño, pero alguien tiene que poner cordura ¿no? Una cosa es comprar un estor infantil o cambiar la decoración de una habitación y otra es comprar una cama nueva cuando ya tenemos dos sin usar.

¿Qué pasará al final? Dos de cada tres veces mi mujer se sale con la suya, pero en esta ocasión creo que la voy a hacer entrar en razón porque es un gasto elevado y poco práctico.