Si hay algo que no soporto de mi barrio es el tráfico. Se trata de una zona relativamente nueva y que, por ello, no tiene un sistema de circulación muy claro. O dicho de otra forma: faltan semáforos y señalizaciones y los conductores hacen lo que les da un poco la gana. Desde hace mucho tiempo, buena parte de los vecinos del barrio demandan más semáforos y más control, pero ya sabemos cómo va esto: hasta que no ocurra una desgracia de las gordas, nadie moverá un dedo.
A pesar de que en el barrio hay muchos niños pequeños y muchos coches con bebe a bordo pegatinas, la conducción de lunes a viernes es colérica, como en aquel famosos episodio de Los Simpson. Tal vez muchos necesitasen acudir al curso al que va Marge para intentar paliar esa furia que se apodera de ellos cuando se sientan a lomos de sus SUVs. El caso es que luego se bajan de ellos y son todos muy mansos y mustios, pero es coger el volante y sienten un subidón que les obliga a apretar el acelerador caiga quien caiga.
Existe un célebre cruce en mi barrio que es la risa, como dicen en mi pueblo. Es un cruce con bastante tráfico y sin semáforos que es un sálvese quien pueda. A veces, me quedo mirando el cruce (a una distancia prudencial, claro, porque en cualquier momento puede saltar volando un tapacubos) y me río con la que se monta.
Es una encrucijada de dos calles con dos carriles cada calle en la que puedes tirar en cualquier dirección, incluso hacer un cambio de sentido (tal vez esto último esté prohibido, pero ¿a quién le importa lo que esté ‘prohibido’ o no en este barrio?). El asunto es que nadie sabe muy bien quién tiene preferencia, cómo para ponernos a leer el código de circulación a estas alturas. Ni los coches con bebe a bordo pegatinas respetan nada, ni a los carritos en los pasos de peatones. Mirando ese cruce es como viajar a países exóticos: tienes la sensación de estar en un cruce de Turkmenistán o de Nueva Delhi…