Hace unos días, me desperté con un sobresalto. Un ruido metálico y estridente provenía del portal de mi edificio. Al asomarme, me encontré con la peor escena: mi videoportero, el que tanto me había costado instalar, yacía destrozado en el suelo. La pantalla, antes impoluta, estaba hecha añicos, los cables colgando como serpientes y el botón de llamada desaparecido. La rabia me invadió al instante. No entendía por qué alguien podía hacer algo así, destrozar la propiedad ajena sin ningún motivo aparente.
Vivo en Ferrol desde hace años y nunca había presenciado un acto de vandalismo tan directo. La inseguridad se apoderó de mí. ¿Quién habría hecho esto? ¿Con qué intención? La impotencia crecía por momentos. Me sentía vulnerable, como si hubieran violado la seguridad de mi hogar.
Llamé inmediatamente a la policía para denunciar lo ocurrido. Los agentes vinieron rápidamente y tomaron nota de los daños. Me explicaron que este tipo de actos vandálicos son, por desgracia, más comunes de lo que pensamos. Intentaron tranquilizarme, pero la sensación de inseguridad persistía.
Después de la visita de la policía, llamé al técnico que me instaló el videoportero en Ferrol. Vino al día siguiente y evaluó los daños. Me confirmó lo que ya sospechaba: el aparato estaba inservible. Necesitaría uno nuevo. La idea de tener que gastar dinero en reponer algo que habían destrozado me indignaba aún más.
Mientras esperaba la llegada del nuevo videoportero, me puse a investigar sobre sistemas de seguridad alternativos. Descubrí que existen alarmas con cámaras y sensores de movimiento que podrían disuadir a los vándalos. Aunque suponen una inversión mayor, me planteé seriamente la posibilidad de instalarlas. La seguridad de mi hogar y la de mis vecinos no tiene precio.
Finalmente, el técnico volvió con el nuevo videoportero. La instalación fue rápida, pero la sensación de vulnerabilidad no desapareció por completo. Ahora, cada vez que alguien llama al videoportero, me asomo con cautela, esperando que no vuelva a ocurrir lo mismo.
Este incidente me ha hecho reflexionar sobre la fragilidad de nuestra seguridad y la necesidad de protegernos. No podemos evitar que haya personas que actúen de forma incívica, pero sí podemos tomar medidas para minimizar los riesgos y sentirnos más seguros en nuestros hogares.