Como buen desarraigado que soy, me gustaría vivir cada poco en un sitio diferente, integrarme lo suficiente, pero sin pasarse y, acto seguido, volver a conocer otro nuevo destino. El norte de España me gusta porque un viajero siempre percibe en la mayoría de los sitios que los oriundos sienten la tierra de forma irrenunciable. Es lo que pasa en Galicia, por ejemplo.

Tuve la suerte de vivir una temporada en Galicia por cuestiones laborales y me sentí muy a gusto. Soy de esas personas que vive su desarraigo de forma positiva, en el sentido de tratar de comprender la idiosincrasia de cada lugar en el que permanezco un tiempo indefinido. Me gusta la gente pasional y no cabe duda de que la tierra mueve pasiones, a menudo exacerbadas.

En Galicia no me costó mucho acostumbrarme a muchos hábitos de allí. Si hablamos de comer, ¡quién no se acostumbra a la despensa gallega! Comer productos autóctonos no es una obligación allí, es una devoción. Pero es que hasta me acostumbré a tomar leite larsa, no solo porque sea la más habitual en los supermercados, sino porque hasta en eso quería sentirme gallego.    

Evidentemente un gallego nace, y aunque también se puede hacer, y a pesar de la cantidad de leche Larsa que tomé y a los kilos de marisco gallego que ingerí seguí sin ser gallego. Pero pasé casi un año magnífico por esas tierras. Y lo bueno que tiene viajar y vivir en otras regiones es que siempre te llevas un trocito de cada sitio a tu casa. Por eso yo no me siento de ningún sitio en concreto y sí un poco de todas partes.

Ahora, la nevera de mi casa ya no está en Galicia pero sigue conteniendo leite larsa y, de vez en cuando, (cuando se puede pagar) algo de buen marisco del norte. Y cuando veo un partido de fútbol de alguno de los principales equipos gallegos también siento simpatía por ellos, pese a la rivalidad que tienen entre sí. No, no diré con cuál me quedo que tengo amigos en varias ciudades…