Siempre me gustaron los coches… hasta que un buen día dejaron de gustarme. No sé muy a qué se debió, pero empecé a cogerles cierta manía, sobre todo a tener que conducir. Antes de sacar el carné incluso compraba revistas de coche. Fantaseaba con tener un coche grande, me gustaban las grandes berlinas por aquellos tiempos.
Cuando me saqué el carné, busqué coches en pontevedra para comprar. Valoré tanto la segunda mano como los coches nuevos. Podía pedir un poco de dinero prestado a la familia, pero al final preferí optar por el mercado de ocasión. Con el tiempo me he dado cuenta de que fue una gran decisión. Todo el mundo quiere un coche nuevo, pero si no hay suficiente dinero es mejor no pedir prestado a nadie (ni al banco ni a la familia) y arreglarse con lo que uno tiene.
Tal vez fue conducir por ciudad lo que me cansó. Me empecé a dar cuenta de que me cambiaba el carácter cuando me sentaba en el asiento del piloto: me enfadaba por cualquier cosa y solía discutir bastante con otros conductores. Cuando aparcaba me quedaba con mal cuerpo, era como el Doctor Jekyll y Mister Hyde. Tantos atascos, pitidos y estreses terminaron por hartarme y empecé a buscar alternativas para el coche.
Poco a poco, comencé a usar el transporte público hasta que me deshice del coche por completo en ciudad. Todavía lo usaba para desplazamientos largos hasta que conocí alguno de esos servicios de consumo colaborativo. Busqué coches en pontevedra, pero esta vez para compartir. E hice mi primer viaje largo acompañado.
Tengo que decir que la primera experiencia no salió del todo bien, tal vez porque estaba acostumbrado a conducir yo o tal vez porque los pasajeros de aquel día no eran santo de mi devoción. Pero repetí y salió mejor. Y a partir de ahí no he vuelto a tener problemas. Si tengo que hacer un viaje largo solo, siempre busco uno de estos servicios.
¿Y qué fue de mi viejo coche? Se lo regalé a un amigo para que trasteara con él. No lo echaré de menos.