La cultura castreña, las incursiones vikingas o los asentamientos romanos han marcado los orígenes de la Isla de Ons desde un punto de vista antropológico. A diferencia de otros enclaves, este archipiélago carece de necrópolis que permita rastrear quién vivió y cuándo en su territorio, aunque esta afirmación no es del todo exacta. 

Cuando empieza la bajamar, en las orillas de la playa Area dos Cans se advierte una formación rocosa de aspecto inusual: A Laxe do Crego. Se trata de un sarcófago medieval que sigue envuelto en misterios y leyendas, pese a los esfuerzos por esclarecer su historia.

Se estima que A Laxe do Crego fue excavada en la roca granítica en algún momento de la Baja Edad Media. Su ocupante hace tiempo que abandonó la tumba, y la identidad del mismo es una incógnita, si bien los isleños sostienen que pertenecía a un sacerdote. Con esta información, su denominación está ya clara, pues laxe significa «laja» o «piedra plana» y grego puede traducirse como «cura».

En sentido estricto, es una sepultura antropomórfica, es decir, fue tallada ex profeso para albergar restos humanos, y por eso su diseño reproduce la silueta de un individuo adulto. En principio, una tapa rectangular sellaba su parte superior. Hoy puede admirarse en el Centro de Visitantes del barrio de Curro.

Esta insólita tumba refuerza la creencia de que la isla albergó un monasterio hacia el siglo quince, del que nada se conserva. Cabe señalar que, a la postre, Ons era propiedad del Cabildo de Santiago de Compostela, al que fue entregado por Alfonso II de Asturias.

Juntamente con O Buraco do Inferno, este sarcófago alardea de ser la mayor rareza del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, una visita obligada no sólo para los amantes del patrimonio ecológico, sino para los espíritus más curiosos.